domingo, 27 de mayo de 2012

Jorge Piña, El Hombre Mata.

El  psicoanálisis suele  apoyarse en un proceso de seguimientos sistemáticos  y  seriados a la conducta individual ante  los  estímulos del  medio y  los registros  históricos del  ordenador neurogenético articulado por la  inteligencia molecular secuenciada  desde el primer  arreglo molecular  en el  que se originó  el  primer gen  del  universo vivo. El  seguimiento estricto a esta  relación de  hechos,  es  de  estricta  factura científico-teórico,  sin embargo, es mejor que sabido  que los  alcances técnicos  con los  que  el hombre  cuenta en  este  momento de  su  historia, no  son  ni remotamente cercanos a  la suficiencia para determinar con  precisión  aceptable el historial  de  hechos que  tallan el  comportamiento  psicológico  de  los  seres  humanos.

El Dr. Jorge  Piña  es médico psicoanalista,  escritor, activista sociocultural y  según  mi percepción particular, basada  en  sus  escritos, sobresale su  condición de poeta.  Sus  trabajos  llegan  pintados bajo  los  efectos de  la  belleza  de la  palabra,  preocupación artística que en  su caso  es racionalmente entendible y  al  analizar el  contenido  de  sus  escritos,  igualmente  atendibles.  Jorge escribe:  "  A parar, este odio desmedido a matar (nos) y perseguir y asesinar a los otros por sus ideales, cultos y principios contrarios.

Es un amor extremo y subversivo, el nuestro, a amar la paz, a las construcciones fundamentales de hacer el bien y amar por sí mismo al bien-vivir ciudadano de todos.".  Esta  es  poesía en prosa de contenido  filosófico, acento  psicoanalítico y  sabor  deontológico  puro.  Todos,  por separados  o  como  conjunto, aceptan  el arbitraje científico cuando  se trate de llegar  a los orígenes,  a  las causas  primigenias  de sus  desarrollos.  Ahora,  bien, es muy  escasa la  literatura dedicada a  la  antropología  que  hasta mis fuentes  haya  salpicado,  que  procure  profundizar  tanto  como  llegar al origen  mismo de la  vida insuflada  por quien  sabe quien,  a  alguna organización  molecular de la cual  partieran  estas  consideraciones pretendidamente lógicas.

Los  espacios  cubiertos por  células  que componen  un tejido  vegetal, como en  la  hoja de alguna  planta,   están  limitados  y  protegidos  por  distintas barreras, unas  células  limitan  el crecimiento de  otras,  los  genes dan  las órdenes  después de registrar  todas las variables del  medio  ambiente  y  llegar  a alguna  conclusión  viable.  Entre el reino  animal y  el reino vegetal,  existen  unas difusas  fronteras  mal  conocidas  pero  es  un  hecho  harto  sabido. La  competencia  por  la  vida  está implícita  en  el  programa  evolutivo   como  uno  de  las reglas  de diamante, así diamantina tanto por  lo  caro de  su  valor como  por la  rigidez  de  sus  efectos. La  competencia  entre  los  espermatozoides  determina su  capacidad  para asomar a  la  puerta del  óvulo.

Desde  muy antes,  han competido las fuerzas que  mantienen  el equilibrio nuclear  en el átomo,  donde  se generan todas  las  fuerzas  de la  naturaleza y,  expresamente,  residen  la fuerza nuclear débil  y la fuerza nuclear fuerte,  dos  de las cuatro  fuerzas fundamentales identificadas hasta hoy en  la naturaleza. Así compiten las fuerzas del bien  y del mal  en los  océanos mentales  de las imaginaciones religiosas.  Del  mismo  modo, la competencia entre  los hombres, traducida  a  miles  de  manifestaciones,  tiene  un único  objeto fundamental:  la  selección de  las  características vitales que el  hombre  aseguren  su  mejor  nivel de supervivencia,  siguiendo  así  la  ruta  hacia  lo  que  se  nos  antoja  en la  inteligencia social colectiva  como la ruta  hacia  el perfeccionamiento del orden  material universal.

Estos  hechos, como fruto de las  aspiraciones  futuristas  del  dominio humano  sobre  la  materia, ante los  ojos  de  cualquier  cosmólogo  puro, no pasan  de ser puras  fantasías,  poesías,  oraciones religiosas,  sueños de niños, pues las  proyecciones  que  "estos  tipejos"  contra-humanos, contra-morales,  contra-divinos,  no cesan ni pasan  de pronosticar que toda  la  materia se  dirige hacia  su  equilibrio  termodinámico  y por  tanto a  la  quietud  total  de todo  lo concebido  en el  cielo  de  nuestras  imaginaciones.

Así,  la competencia  entre humanos,  la  muerte, el  placer por sabernos  repletos de poder  para destruir al contrario  que se opone  a nuestros instintos destinados a  perpetuar  la organización  animada e inteligente de  la materia,  es uno de  los impulsos mejor asentados  en nuestros  diseños  digitales,  materializados en nuestro sistema  cerebral, por un  conjunto práctico de  celulas y complejos químicos que  conforman  los  chips, o conjunto transistorizados y especializados,  ya  casi reproducible  por las técnicas modernas, hecho  que cuando  termine por  lograrse,  implicará la  concentración  de  millones de capacidades cerebrales como las que en  estos momentos reproducimos  biológicamente.

El bien  y  el  mal  no  pasan  de  ser  títulos de  poemas inspirados en la deontología religiosa  de  los  hechos culturales. Freud  y el religioso fanático  anticristiano  F. Nietzsche,  no  asumieron  el hecho  de la física  cuántica, quizás no  incursionaron en las incertidumbres gatunas de  Schrodinger  ni el  determinismo  de Laplace pero  la  verdad  es que las  intenciones  de Freud  anduvieron  muy próximas  a  éste y a Einstein, al  haber pretendido desarrollar técnicas  capaces interpretar  las lecturas  codificadas pero de archivos vigentes,  presentes y  con señales ineludibles aunque muy  encriptadas,  de  los  hechos  pasados.

Algo  logró,  sin  dudas,  como algo  logró  Maxwell  al  predecir  las ondas  radiales.  Algún  día  el   psicoanálisis pasará a  ser  un  conjunto de  conocimientos sistematizados, medibles,  repetibles  y de  resultados  predecibles,  es decir,  llegarán  a  completar los requisitos  para  ser concedidos  del  certificado que  la  inviste  de  "Conocimiento Científico". Retomando con  claridad  el tema de este  comentario, hemos  de  reconocer  los trabajos  relacionados con  con  las  inclinaciones  a  matar  que desarrolla  la  raza  humana,  mas,  lo  cierto es que  dichas  inclinaciones  están constitucionalizadas en  los  orígenes biológicos  del  desrrollo  humano  mismo  y  la  lógica  de  su  proceso  evolucionista.
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