El psicoanálisis suele apoyarse en un proceso de seguimientos sistemáticos y seriados a la conducta individual ante los estímulos del medio y los registros históricos del ordenador neurogenético articulado por la inteligencia molecular secuenciada desde el primer arreglo molecular en el que se originó el primer gen del universo vivo. El seguimiento estricto a esta relación de hechos, es de estricta factura científico-teórico, sin embargo, es mejor que sabido que los alcances técnicos con los que el hombre cuenta en este momento de su historia, no son ni remotamente cercanos a la suficiencia para determinar con precisión aceptable el historial de hechos que tallan el comportamiento psicológico de los seres humanos.
El Dr. Jorge Piña es médico psicoanalista, escritor, activista sociocultural y según mi percepción particular, basada en sus escritos, sobresale su condición de poeta. Sus trabajos llegan pintados bajo los efectos de la belleza de la palabra, preocupación artística que en su caso es racionalmente entendible y al analizar el contenido de sus escritos, igualmente atendibles. Jorge escribe: " A parar, este odio desmedido a matar (nos) y perseguir y asesinar a los otros por sus ideales, cultos y principios contrarios.
Es un amor extremo y subversivo, el nuestro, a amar la paz, a las construcciones fundamentales de hacer el bien y amar por sí mismo al bien-vivir ciudadano de todos.". Esta es poesía en prosa de contenido filosófico, acento psicoanalítico y sabor deontológico puro. Todos, por separados o como conjunto, aceptan el arbitraje científico cuando se trate de llegar a los orígenes, a las causas primigenias de sus desarrollos. Ahora, bien, es muy escasa la literatura dedicada a la antropología que hasta mis fuentes haya salpicado, que procure profundizar tanto como llegar al origen mismo de la vida insuflada por quien sabe quien, a alguna organización molecular de la cual partieran estas consideraciones pretendidamente lógicas.
Los espacios cubiertos por células que componen un tejido vegetal, como en la hoja de alguna planta, están limitados y protegidos por distintas barreras, unas células limitan el crecimiento de otras, los genes dan las órdenes después de registrar todas las variables del medio ambiente y llegar a alguna conclusión viable. Entre el reino animal y el reino vegetal, existen unas difusas fronteras mal conocidas pero es un hecho harto sabido. La competencia por la vida está implícita en el programa evolutivo como uno de las reglas de diamante, así diamantina tanto por lo caro de su valor como por la rigidez de sus efectos. La competencia entre los espermatozoides determina su capacidad para asomar a la puerta del óvulo.
Desde muy antes, han competido las fuerzas que mantienen el equilibrio nuclear en el átomo, donde se generan todas las fuerzas de la naturaleza y, expresamente, residen la fuerza nuclear débil y la fuerza nuclear fuerte, dos de las cuatro fuerzas fundamentales identificadas hasta hoy en la naturaleza. Así compiten las fuerzas del bien y del mal en los océanos mentales de las imaginaciones religiosas. Del mismo modo, la competencia entre los hombres, traducida a miles de manifestaciones, tiene un único objeto fundamental: la selección de las características vitales que el hombre aseguren su mejor nivel de supervivencia, siguiendo así la ruta hacia lo que se nos antoja en la inteligencia social colectiva como la ruta hacia el perfeccionamiento del orden material universal.
Estos hechos, como fruto de las aspiraciones futuristas del dominio humano sobre la materia, ante los ojos de cualquier cosmólogo puro, no pasan de ser puras fantasías, poesías, oraciones religiosas, sueños de niños, pues las proyecciones que "estos tipejos" contra-humanos, contra-morales, contra-divinos, no cesan ni pasan de pronosticar que toda la materia se dirige hacia su equilibrio termodinámico y por tanto a la quietud total de todo lo concebido en el cielo de nuestras imaginaciones.
Así, la competencia entre humanos, la muerte, el placer por sabernos repletos de poder para destruir al contrario que se opone a nuestros instintos destinados a perpetuar la organización animada e inteligente de la materia, es uno de los impulsos mejor asentados en nuestros diseños digitales, materializados en nuestro sistema cerebral, por un conjunto práctico de celulas y complejos químicos que conforman los chips, o conjunto transistorizados y especializados, ya casi reproducible por las técnicas modernas, hecho que cuando termine por lograrse, implicará la concentración de millones de capacidades cerebrales como las que en estos momentos reproducimos biológicamente.
El bien y el mal no pasan de ser títulos de poemas inspirados en la deontología religiosa de los hechos culturales. Freud y el religioso fanático anticristiano F. Nietzsche, no asumieron el hecho de la física cuántica, quizás no incursionaron en las incertidumbres gatunas de Schrodinger ni el determinismo de Laplace pero la verdad es que las intenciones de Freud anduvieron muy próximas a éste y a Einstein, al haber pretendido desarrollar técnicas capaces interpretar las lecturas codificadas pero de archivos vigentes, presentes y con señales ineludibles aunque muy encriptadas, de los hechos pasados.
Algo logró, sin dudas, como algo logró Maxwell al predecir las ondas radiales. Algún día el psicoanálisis pasará a ser un conjunto de conocimientos sistematizados, medibles, repetibles y de resultados predecibles, es decir, llegarán a completar los requisitos para ser concedidos del certificado que la inviste de "Conocimiento Científico". Retomando con claridad el tema de este comentario, hemos de reconocer los trabajos relacionados con con las inclinaciones a matar que desarrolla la raza humana, mas, lo cierto es que dichas inclinaciones están constitucionalizadas en los orígenes biológicos del desrrollo humano mismo y la lógica de su proceso evolucionista.
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domingo, 27 de mayo de 2012
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