Cierto, ciertísimo, es que cualquier recompuesta criatura humana formada bajo el influjo material, lógico, real, de que su primera meta obligada por su naturaleza misma, es la de sobrevivir, continuar la especie y hacerla cada vez mejor, tiende a desestimar cualquier ejercicio distinto a servir de soporte al cumplimiento de esas metas divinas que conducen hacia el logro de la perfección última, es decir hacia la divinización final de los procesos materiales.
En ultima instancia, no es concebible salirse nadie de esa rutina diseñada como naturaleza del hombre y probablemente de toda la biosfera. Quien pretendiera escabullirse no pasaría de ser o lucir, francamente, dicho en forma corriente: locos, trastornados o descompuestos. Dicho en forma academicamente mejor musicalizada: paranoicos, obsesivos, narcisistas de pensamientos discontinuos. A mi, personalmente, me atraen las inquietudes de esos locos y discontinuos mentales que intentan lograr zafarse de lo que es imposible zafarse sin perder la razón común.
No pueden lograrlo porque están atrapados como pez de lujo en su pecera. No pueden ser Dios aunque lo sueñen o lo pretendan como en su momento casi lo intentaran Einstein y Stephen Hawkigs (Borh debió advertirle a Einstein que no siguiera intentando decirle a Dios como debía conducir el Universo). Pero es fascinante para el hombre creído de haber sido creado a imagen y semejanza divina, intentar superar su propio Creador, puesto que así se conduce este diseño que nos induce a la continua superación parricida, innovadora y hasta creadora.
Así es como florece la poesía, sentida como esencia de la imaginación creadora y de todas las demás expresiones artísticas, que, por extensión hasta pretende verse en la misma belleza y entrañas de nada menos que de la indubitable creatividad científica, interpretada como el arte de la certeza material. Me admiro ante los científicos que se lanzan a la purificación artística convencidos de que sus argumentos materiales no son más que instrumetal para sus artes (verbigracia nuestro poeta, Ing. Quím. Ricardo Bogaert).
Igual de cierto, ciertísimo también es que ningún filósofo de la humanidad, desde los más antiguos días de los que la civilización conocida hasta el momento tenga constancia, ha logrado acercarse a ofrecer una respuesta capaz de alcanzar un minimo consenso sobre la razón, el origen y el fin tanto de la existencia del universo material como de la misma existencia y sus razones, sobre el hombre, más allá de la simplificada respuesta de hecho a la imagen y semejanza de Dios.
Esta, que es, la más obvia, la más cómoda, la más ajustada al pensamiento que nos demanda la meta de la perfección, sin embargo, no nos alcanza para explicar el significado mismo de esa meta y su trascendencia más allá de llegar a ser como el Mismo Dios.
A mi me gusta y me convence, como buen y limitado corte material que forma parte de este consenso del que me felicito al ser particularmente consciente. Hoy me entero de que el renegado y mal cristiano Stephen Hawkings también andubo preocupado por la misma inquietud, llegando a exagerar la nota de sus rebeldías al proclamar que la filosofía había muerto.
Según mis presunciones, -presumidas demás-, este poeta, filósofo y artista sin par de lo más bello de la física teórica, simplemente, a lo mejor de un dicho dominicano, "se pasó de contento".
Las ciencias, incluidos todos los procesos físicos implicados en la existencia material - y hasta en la no existencia que muchos argumentan-, constituyen el mismo núcleo de la filosofía como problema ontológico que conmueve la consciencia humana, sea esta un mero algoritmo del pensamiento, lo mismo que un punto esencial de la Existencia Divina.
Lo cierto, ciertísisimo, sin discusión que valga, es que no podemos establecer ni siquiera una hipótesis sensible a nuestro pensamiento que nos cuente sobre razón alguna que atine con respecto a las Metas Divinas.
Lo cierto, ciertísimo, es que si imaginamos un Dios capaz de conducir procesos inteligentes tanto como la evolución biológica y la certidumbre material concebida por Einstein, ya bastaría para que el hombre se sienta orgulloso de ser conducido por tan Magna Inteligencia que no comete errores ni mide sus obras con escalas humanas entre valores de bueno y malo, errores ni incertidumbres cuánticas.
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