viernes, 26 de abril de 2019

LA FE MAL PEGADA

Mi Madre, -como me imagino que son a cada cual todas las madres del mundo-, era quien más lecciones sabia y ciertas nos enseñaba. Con frecuencia nos decía que la fe pegada con baba, era esa de la que exhibía la gente que tan pronto escuchaba nuevas propuestas místicas, tendía a dudar de la que conocía y practicaba. Esa convicción le permitía escuchar sin rubor lo que contaban sobre la sangre los itinerantes estudiosos jóvens americanos Testigos de Jehová  y Los Mormones y su milagroso J. Smith, los pentecostales y sus amenazantes advertencias sobre el demonio, los judíos y los infiernos, las restricciones sabatinas de los adventistas, así como las imputaciones de reaccionarios que nos hacían los avanzados en materia de política. Mi madre era fanatica del perdón y la misericordia cristiana. Aborrecía la usura, el ron y los juegos de azar. Devota a muerte de la Madre de Jesús, El Cristo, no comía carne en cuaresma, nos obligaba a ayunar. Creía en los milagros grandes como la resurrección, sin embargo, en una ocasión, ante un sobrino mal creyente, afirmó que si Jesús no resucitó, igual le merecía toda su admiración su paso por la vida en La Tierra porque además era el Hijo de Dios.  Nunca creyó en la posibilidad de pasar un examen escolar mediando ruegos en oraciones, mucho menos en pedidos sobre liberación de la cárcel para los culpables, aclaraba siempre que la "adoración quedaba reservada únicamente para "El Santísimo ", del que, claramente, permanecía su carne y sangre en el Sagrario. A La Virgen le tocaba Veneración y exaltación, a Los Santos, solo recordarción y respeto a su memoria. Para el Papa, obediencia a lo dispuesto en materia de fe, en lo que sería infalible, en nombre del Hijo del Padre.  De todo cuanto me queda, no me sorprende que existan creyentes que aun mantengan su fe "pegada con baba de pollos", así que serían capaces de abominar de la misma sólo porque alguna duda les amenace su vocación de contar con Jefe que los proteja. Quienes precisan de estar seguro de que las fuerzas místicas que lo protejen, primero han de existir para hallarle sentido a su propia vida, me retraen hasts los dulces y sublimes  recuerdo de las alegorías escenificadas en las palabras de mi madre. 

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