Cualquier pichón mínimamente untado de los procesos de transferencia de energía conoce que el más activo estimulador de intercambios de materia y movimiento lo constituyen las diferencias de energía interna entre los estados locales de los componentes mismos de la mismas fracciones materiales.
Así, pues, los tránsitos y conversiones materiales son obligados a activarse irremisimiblemente ante los efectos del calor en cualquiera de sus expresiones: radiante, sensible o latente, cuyas consecuencias y orígenes mismos resultan ser eso: efectos de la Energía Interna que le da existencia permanente a la materia en forma de partículas subatómicas como los electrones y cada una de sus variaciones o estados.
Todos los procesos capaces de provocar la transferencia de energía interna entre estados de la materia, alcanzan a estimular en mayor o menor grado, las interacciones y cambios conocidos como "reacciones químicas".
Así resulta que la transferencia de grandes cantidades de calor aplicada sobre un lecho fijo o un reactor dinámico que acumule materia orgánica de cualquier género, implica una actividad reactiva entre el carbono que constituye su núcleo de actividad quimica fundamental y los demás agentes materiales que pudieran ser soportados por esa estructura carbonada.
Celulosas, almidones, proteínas, látex, ligninas, lípidos, ceras, etc., en cualquiera de sus expresiones naturales, fósiles o recientes, pueden ser sometidas a procesos de altas temperaturas vaporizantes, bajo atmóferas altamente reductoras al efecto de hidrógeno insuflado en forma pura, tanto como en forma de gas metano, en cuyos casos se esperará una cosecha de mezclas de hidrocarburos saturados y no saturados, facilmente separables y reconvertibles mediante procesos ya de viejo conocidos y perfectamente dominados por tecnologías ancestrales de altos rendimientos económicos.
Otro procedimiento compatible implicaría elevar la masa orgánica original a una similarmente alta temperatura y atacada directamente por vapor de agua sobre calentado, el cual reaccionaría directamente con la masa carbonada, generando, consecuentemente una reacción con liberación de calor que haría autosostenible la energía necesaria, dada la oxidación que parte del oxigeno del agua, provocándose una gran mezcla de alcoholes de bajo peso molecular, sobre todo metanol y monóxido de carbono (este se reconvertíría facilmente a metanol).
Este proceso puede aprovechar toda clase de desechos domesticos, desde plásticos, neumáticos, restos alimenticios, madera, todo género de desperdicios industriales y biomasa en general. Todo el sistema de vaporización puede ser perfectamente controlado en función de condensar todos los vapores generados y consecuentemente separados mediante distintos procesos perfectamente dominados por la tecnología de fraccionamiento de mezclas.
Las aplicaciones propias de los restos no volátiles convertidos en cenizas no constituyen hoy problemas mayores, ya que su utilidad como material reutilizable es hoy rentable y de gran valor.
Una variante derivada de este segundo proceso puede significar la reducción del agua que lograría un alto rendimiento en la producción de hidrógeno en estado gaseoso, aprovechable comercialmente para la alimentación de cualquiera de los proyectos modernos fundados en los desarrollos de las modernas pilas de hidrógeno y demás utilidades tradicionales que demandan altos consumos de hidrógeno.
Así, pues, los tránsitos y conversiones materiales son obligados a activarse irremisimiblemente ante los efectos del calor en cualquiera de sus expresiones: radiante, sensible o latente, cuyas consecuencias y orígenes mismos resultan ser eso: efectos de la Energía Interna que le da existencia permanente a la materia en forma de partículas subatómicas como los electrones y cada una de sus variaciones o estados.
Todos los procesos capaces de provocar la transferencia de energía interna entre estados de la materia, alcanzan a estimular en mayor o menor grado, las interacciones y cambios conocidos como "reacciones químicas".
Así resulta que la transferencia de grandes cantidades de calor aplicada sobre un lecho fijo o un reactor dinámico que acumule materia orgánica de cualquier género, implica una actividad reactiva entre el carbono que constituye su núcleo de actividad quimica fundamental y los demás agentes materiales que pudieran ser soportados por esa estructura carbonada.
Celulosas, almidones, proteínas, látex, ligninas, lípidos, ceras, etc., en cualquiera de sus expresiones naturales, fósiles o recientes, pueden ser sometidas a procesos de altas temperaturas vaporizantes, bajo atmóferas altamente reductoras al efecto de hidrógeno insuflado en forma pura, tanto como en forma de gas metano, en cuyos casos se esperará una cosecha de mezclas de hidrocarburos saturados y no saturados, facilmente separables y reconvertibles mediante procesos ya de viejo conocidos y perfectamente dominados por tecnologías ancestrales de altos rendimientos económicos.
Otro procedimiento compatible implicaría elevar la masa orgánica original a una similarmente alta temperatura y atacada directamente por vapor de agua sobre calentado, el cual reaccionaría directamente con la masa carbonada, generando, consecuentemente una reacción con liberación de calor que haría autosostenible la energía necesaria, dada la oxidación que parte del oxigeno del agua, provocándose una gran mezcla de alcoholes de bajo peso molecular, sobre todo metanol y monóxido de carbono (este se reconvertíría facilmente a metanol).
Este proceso puede aprovechar toda clase de desechos domesticos, desde plásticos, neumáticos, restos alimenticios, madera, todo género de desperdicios industriales y biomasa en general. Todo el sistema de vaporización puede ser perfectamente controlado en función de condensar todos los vapores generados y consecuentemente separados mediante distintos procesos perfectamente dominados por la tecnología de fraccionamiento de mezclas.
Las aplicaciones propias de los restos no volátiles convertidos en cenizas no constituyen hoy problemas mayores, ya que su utilidad como material reutilizable es hoy rentable y de gran valor.
Una variante derivada de este segundo proceso puede significar la reducción del agua que lograría un alto rendimiento en la producción de hidrógeno en estado gaseoso, aprovechable comercialmente para la alimentación de cualquiera de los proyectos modernos fundados en los desarrollos de las modernas pilas de hidrógeno y demás utilidades tradicionales que demandan altos consumos de hidrógeno.